En el año 2022 sufrí un accidente de coche. Había dejado el vehículo aparcado en una cuesta y, de forma inesperada, el freno de mano se soltó. Justo en ese momento, pasaba por detrás… y me arrolló.
Caí al suelo, sin poder moverme. Algunas personas consiguieron incorporarme y llevarme al hospital.
Una vez en urgencias, me dejaron en un cuarto durante más de cuatro horas. Parecía que se habían olvidado de mí. Pasado ese tiempo, alguien abrió la puerta y, al verme al borde del colapso, decidieron atenderme.
El diagnóstico fue duro: rotura de pelvis por delante y por detrás, ambas ramas isquiales fracturadas. Me inmovilizaron para evitar que se expandiera una pequeña hemorragia interna, y tras varias horas llegó el momento del desenlace.
Tenía 32 años. Los médicos debatían si dejarme tumbada sin moverme durante seis meses o operarme. Finalmente, optaron por la primera opción: quedarme inmóvil.
La magia comienza
En ese instante, supe que necesitaba ayuda más allá de lo médico. Le pedí a mi marido que me trajera una etiqueta hebrea con la frase «Curación pronta y completa», un poco de agua de luna y que meditara conmigo por mi sanación.
Al día siguiente, la doctora entró a la habitación y me dijo:
«Vamos a sentarte.»
Cuando me vi sentada, algo cambió para siempre. Sentí que la magia existía, que pasar de estar tumbada e inmóvil a poder sentarme transformaría mis días por completo.
El mensaje del alma
Abrí mis Registros Akáshicos, y la memoria de mi alma me susurró:
«Cada seis días, un ciclo comienza. Tómatelo como un cambio, porque grandes cambios vendrán tras el accidente.»
Y así fue. Seis días después, me dieron el alta médica.
El camino de vuelta a mí
Al llegar a casa, durante el primer mes fui completamente dependiente. Pero cada seis días, un nuevo ciclo comenzaba:
🔹 Primeros seis días: necesitaba ayuda para todo —ir al baño, ducharme, alimentarme, tomar calmantes.
🔹 Siguientes seis días: dejé los calmantes y aprendí a levantarme sola de la cama y moverme por casa con los brazos, desde mi silla de escritorio.
🔹 Después: podía hacerme la comida sentada y comencé a movilizar el lado derecho de mi cuerpo.
Cada mañana realizaba estiramientos suaves, alargaba mis piernas, movía las articulaciones con mucho cuidado. El yoga dinámico fue mi aliado, y los Registros Akáshicos que abría cada día eran mi guía.
El despertar
A mes y medio, empecé a usar silla de ruedas. Pude volver a ver el mar, a bailar sentada y a recuperar mi autonomía.
A los dos meses, comencé a caminar con muletas y seguí con la rehabilitación junto a mi fisioterapeuta.
Y justo cuando sentía que me acercaba a la recuperación total… mi casera me pidió que dejara la vivienda.
En plena baja médica, con muletas y sin casa, tuve que buscar un nuevo hogar, abrir el centro de Sonargia y, además, sanar mi miedo a conducir.
Volver al volante
Decidí enfrentar el trauma. Me coloqué detrás del coche, lo abracé, y conduje una recta acompañada. Al día siguiente, un poco más lejos. Y así, paso a paso, hasta que un día me di cuenta de que ya no tenía miedo.
La lección más importante
La lección más profunda que me dejó esta experiencia fue:
EL AMOR LO PUEDE TODO.
Lloré de amor cada día: por las personas que me rodeaban, por lo que soy capaz de hacer, por lo que puedo llegar a amar y ser amada.
Hoy, casi tres años después, no hay un solo día en que no me dé las gracias por todo lo que he superado.
Si alguna vez necesitas acompañamiento…
Aquí estaré, con todo mi corazón, para compartir contigo los pasos que a mí me ayudaron.
🌟 Descubre los servicios de Sonargia y comienza tu propio camino de transformación.
